Darse cuenta…

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Amiga mía:

Es verdad. Vivir no es fácil…Pero es hermoso, y ser tan hermoso es lo que lo hace fácil.

Cuando todo se complica y sale mal, me resulta útil observar los hechos y asistir a ellos sin esforzarme en tener actitudes heroicas (de hecho y como recordarás, no creo demasiado en los héroes ni en sus <<heroicidades>>).

Si me doy el tiempo casi siempre sucede algo, y asisto al siguiente instante, donde encuentro que un pedacito de todo lo que salió mal me es útil; algo de ello me enriquece; toda la situación me ayuda a crecer.

Supongamos por un momento que es cierto que te equivocaste.

¿Y?

¿Qué te pasa con tus equivocaciones?

Vives tus equivocaciones como errores.

Y errar es fallar.

Fallar implica en sí una expectativa previa de acertar.

Una expectativa es un prejuicio.

Un prejuicio es un condicionamiento.

Y un condicionamiento es siempre una puerta que me cierro.

Si vives tus equivocaciones como errores te cierras puertas. Equivocarme es una parte de mi proceso de aprendizaje (dado que, como sabes, sin equivocación no hay crecimiento). Equivocarme es el resultado de una manera de hacer algo de forma nueva, una manera de crear. Equivocarme es darme cuenta de mi coraje y, a veces, por qué no, darme cuenta de mis partes estúpidas. ¡Mis partes estúpidas! Conozco pocas personas tan estúpidas como yo cuando soy estúpido. Y lo peor de todo (o lo mejor de todo) es que, en general, me divierto tanto cuando soy estúpido que entro en realimentación y mi estupidez se prolonga, se prolonga y se prolooooongaaaaa….

La única razón sincera que encuentro escondida detrás del fastidio de mis equivocaciones es el temor a la crítica: que los demás me critiquen, que se den cuenta -¡Que horror!- de que no soy perfecto. ¿Cómo puedo decepcionarlos de esa manera? ¿O será que yo creo que soy perfecto? ¿Seré yo el que podría resultar decepcionado?. Después de todo nunca estoy seguro de que las críticas de los demás sean para mi. Muy probablemente cuando me criticas, estás criticando, en realidad, las partes de ti que son idénticas  a las que no te gusta ver en mi. Esto suena coherente. Cada vez que algo del otro me molesta, me fijo cuánto de mío hay en su actitud. Me irrita lo que él hace cuando yo también lo hago, cuando podría hacerlo  o también cuando lo haría pero no me lo permito.  Dice Prather: <<Una piedra nunca me irrita  a menos que esté en mi camino>>. Cualquiera podría hacer de esto un excelente método (¿método?) para buscar dentro de sí mismo las partes que cada uno no deja salir.

¿Qué hay de mío en la actitud de Fulanito para que me moleste tanto? A partir de esta pregunta, mi crítica hacia el otro es mucho más adecuada, pues finalmente no es para él sino para mí. Y yo me cuido mucho y trato de ser muy suave conmigo. Te escucho preguntándome: <<¿Siempre tu crítica es hacia algo que tiene que ver contigo?  Entonces, ¡nunca me sirve lo que me dices! No me aporta nada comunicarme contigo. ¿En qué me puedes ayudar si sólo me usas como pantalla para tus cosas?>>.

Despacio…Primero , salvo que estés demasiado perdida, con seguridad me elegirás como pantalla toda vez que yo sea  una buena pantalla para tus cosas; de alguna manera,  me proyectas aquello que, con más o menos esfuerzo, me cabe. Dicho de otra forma , ¡no creo que te moleste mi delgadez! Y, segundo, si tu crítica , proyección o no…(siempre hay algo de proyección) me irrita, o si genera en mí una actitud defensiva (explicaciones y justificaciones), esto me da la certeza de que tus críticas contactan -también- con mis propias cosas oscuras o con mi propia crítica a mi actitud.

Pero admitamos, aunque sea sólo como ejercicio cualquiera  en el cual tu crítica sea sólo proyección y que no me quepa. ¿Qué pasaría entonces? Pues simplemente que no siento nada,  no me irrito, no me defiendo, no trato de probar tu error…Si te quiero y me importas, quizá te sugiera que revises lo que ves en mí porque (cuidado aquí) quizá tenga que ver también contigo (el mayor cuidado hay que tenerlo quizá  con el quizá, pero también con el también).

La primera vez que me doy cuenta de que, al criticarte, en realidad me critico, es mágica. Un camino que conduce a un mundo maravilloso se abre como por encanto y nos invita a recorrerlo. Es el mundo de las cosas que depositamos en los demás y que me vuelven esclarecidas y sublimes. En el encuentro con el otro proyectamos, introyectamos, imaginamos, nos identificamos, criticamos, y gracias a eso…amamos. Si, claro,. ¿Por qué, cómo se empieza a querer a otro? Yo creo que todo comienza por el mecanismo de identificación proyectiva (o, si te gusta más, respetando el orden de los hechos:  el mecanismo de proyección identificativa).

  • Primer paso: fase de proyección: De pronto, yo, así rayado como soy, me encuentro con el otro, al que veo, (lo sea o no) con una parte también rayada como yo.
  • Segundo paso: fase identificativa: Empiezo a pensar que el otro es (en efecto) rayado como yo. Me identifico con él: <<Él y yo somos idénticos>>, <<como si fuéramos el mismo>>.
  • Tercer paso: desplazamiento e inclusión: Ahora quiero en él esta misma parte que quiero y cuido en mí, y odio en él  esta misma parte que rechazo y odio en mí.

Darse cuenta de lo proyectado puede ser doloroso o agradable pero siempre es iluminador, y este camino de luz es, por suerte, un camino sin retorno. Nadie des-crece. La sabia naturaleza nos puso la boca delante  y el culo detrás. La boca para incorporar todo lo que encontramos (cosas que sirven y cosas que no). El culo, para dejar atrás lo no aprovechable. Metabolísmo puro. Tomamos lo asimilable, lo útil. Desechamos el resto ¡Es genial!. Aprendamos de nuestro tubo digestivo. Aprendamos de nuestro cuerpo. La respuesta está siempre en nosotros mismos: sólo hay que querer buscarla…para encontrarla.

Jorge Bucay <<Cartas para Claudia>>

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